El sueño de la insulina

 

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En octubre de 1995, en una de las calles de Isfahán, dos botellas de alcohol estaban cerca de la cabeza de un cadáver. Los periódicos dijeron que murió a causa de una sobredosis. Nadie en la ciudad lo creyó. El muerto era el principal traductor de Borges y Paz. Su escena de muerte parecía una parte de los libros que tradujo. ¿Una muerte mexicana o tal vez un asesinato? Quién sabe. Pero la conciencia subterránea lo sabía. Las investigaciones demostraron que había sido asesinado por una inyección de insulina en su mano derecha. Fue uno de los muchos asesinatos de escritores en ese tiempo. Una serie de asesinatos de escritores que firmaron una carta. Una carta sobre la censura dirigida al gobierno con un simple título: «¡Somos escritores!». El cuerpo de algunos escritores fue descubierto en los desiertos, en excelencia. Algunos fueron apuñalados en su casa. Incluso trataron de arrojar un autobús repleto de escritores iraníes a un valle, y así, matarlos juntos a todos. ¿Pero cuál era el peligro del traductor de Borges, Paz y Kundera? En México tampoco es extraño. Todos lo sabemos. Las palabras son peligrosas. No para el Pueblo, por supuesto, sino para el Estado.
Un Estado dictador, primero intenta corregir los diccionarios. Luego define una estética. Hitler lo hizo, Israel lo está haciendo. Estados Unidos, República Islámica de Irán. Todos están constantemente ocupados en cambiar los diccionarios. Así como en sustituir la palabra «exilio» por la palabra «fuga», o «resistencia» por «terrorismo» o «neocolonialismo» por «democracia distributiva». Sí, las palabras son peligrosas, por tanto, los poetas son peligrosos. ¿Pero no es mejor si digo que las palabras son peligrosas porque los poetas son peligrosos? Los poetas devuelven las palabras a su origen. Al momento en que las capitales y los símbolos se ausentan. En que el cuerpo palpa por primera vez: Con el asombro y la alegría de un niño. Para manifestar: «Soy escritor», simplemente, se manifiesta este acto radical: El acto del tacto y la visión. Cuando el cuerpo no es un medio de propaganda. Cuando el cuerpo no es simbolizado como capital para votar en elecciones amañadas. Y aquí me pregunto cuál es el precio de un escritor.
Tras el ataque de Gengis Kan, cuando en Nishapur matan incluso a los animales, un momento que es la edad del hierro en la garganta y en que hasta/ a los signos vienen/ las sombras torturadas , un soldado arresta a Farid ud-Din Attar, el poeta. Un caminante reconoce al anciano y pregunta al soldado si, con monedas de plata, puede comprarlo. El poeta dice: “Este no es mi precio”. Y el soldado sigue. Otro caminante pregunta al soldado si puede comprarlo con monedas de oro. Y el poeta dice: “Este no es mi precio”. Finalmente un campesino ve al poeta y al codicioso soldado. También él quiere pagar por el poeta, pero afirma que sólo tiene paja. El poeta dice: “Sí, este es mi precio”. Irritado el soldado mata al poeta y la leyenda cuenta que éste se pone la cabeza cortada sobre el cuerpo y recita su último poema: el poema de un hombre sin cabeza.
Aquí recuerdo a Vladimír Holan: «Lo poético no es poesía». Lo poético siempre está relacionado con la historia de la literatura. Pero la poesía siempre permanece nueva. Escapa de la historia, se queda con nosotros como Hafez o Shamlú. Donde Hafez mira la geografía, siempre ocupada por tiranos, y Shamlú ve la historia como un exilio de otro exilio. México o Irán? La república Islámica o la dictadura perfecta? Compartimos ruinas y Cuando no tenemos ningún precio, como Attar, cuando somos los materiales más baratos para la historia somos aquellos que pueden agitar la historia. Cuando se dice simplemente: «Soy escritor». Sí, «Somos escritores». La insulina es soñar un poema.

 

[Publicado en PEN Mexico]