HISTORIA DE UNA ESPERANZA

 

shamlou

Un año antes de morir, el ayatolá Jomeiní emitió dos importantes fatwas: la orden de matar a Salman Rushdie, y la de matar a los presos políticos que había en Irán. Una de las dos, la que no llegó a realizarse, es conocida por todos; la otra se ejecutó, pero durante años nadie dijo una palabra sobre ella. Jomeiní creía que para conseguir la independencia que necesitaban los mulás para administrar Irán, había que evitar la injerencia y la influencia de las potencias extranjeras en el país. En su opinión, la mejor vía para ello era crear crisis al otro lado de las fronteras para que nadie tuviera la oportunidad de mirar lo que pasaba dentro de sus dominios, y ése es el mismo método que continúa aplicando el sucesor de Jomeiní, el ayatolá Jameneí. La puesta en práctica de la fatwa acabó con la vida de cinco mil personas; presos políticos que no estaban dispuestos, aún después de años en la cárcel, a renunciar a sus ideales. Los enterraron en fosas comunes, en un cementerio a las afueras de Teherán. Al acabar la guerra, la noticia de la matanza pasó de boca en boca. Yo tenía doce años, y sabiéndose de memoria mi bici azul de niño todas las callejas, me esforzaba en sacarle al vecino, un hombre anciano y elegante, una de sus prudentes sonrisas haciendo derrapes y chulerías sin manos frente a su bicicleta de hombre mayor. En el año ‘88, el viejo perdió a sus tres hijos, y ya no hubo rastro de aquellas sonrisas. Las violetas de papel que esparcía en torno a la puerta de su casa poco a poco enmustiaron, y lentamente, uno tras otro, el anciano primero y después la anciana, murieron. Más tarde, en la Universidad, hice amigos cuyos padres también habían muerto en aquellas matanzas. Uno de ellos era un muchacho al que le asustaba mirarse al espejo. Le daba miedo que lo tocaran. Tenía seis años cuando sus padres fueron detenidos por sus actividades como socialistas. Su madre pasó once años en la cárcel; su padre, quedó enterrado en las fosas comunes. Desde los seis años había vivido de casa en casa, errante. La última línea del testamento de su padre era un verso de Hafez: Ya ocupen el horizonte todo ejércitos de tiranía, encontrarán los derviches su hora, del principio al fin de los tiempos. En esa última línea testamentaria, antes de dejar al escriba ante el pelotón de fusilamiento, Hafez habla de una esperanza relatada por toda la historia de la poesía persa. Por más que el ejército de la tiranía se haya apoderado de todo el horizonte, del espacio; la distancia que va del principio al fin de los tiempos —es decir, la eternidad— es algo, lo único, que no podrán dominar nunca. Esa esperanza de la que habla Hafez ha sido enterrada una y otra vez a lo largo de la historia de Irán en fosas sin nombre, junto a quienes copiaban ese dístico. El tiempo nunca fue suyo. El presente texto busca contar la historia de esa esperanza. Una esperanza a la que han despojado de cuanto se pudiese ver y palpar, y para la que sólo ha quedado aquello, que no podía ser robado u ocupado como el tiempo o la eternidad.

Nimá Yushidch, padre de la poesía persa moderna, escribe antes de la llegada al poder de los Pahlaví —última dinastía real de Irán— que quiere agarrar la escopeta y echarse al monte a luchar. Al mismo tiempo Sadeq Hedayat, padre de la narrativa persa moderna, se arroja al río Marne, cerca de París, para suicidarse. Hedayat no murió, y Yushidch no cogió ningún fusil; pero el hermano de Nimá, que había hecho estudios y tenía ideas socialistas, viajó a Rusia, donde lo mató Stalin. En época de Nimá, los últimos supervivientes del movimiento constitucionalista por la libertad —que había limitado el poder de los reyes e instituido un parlamento— combatían en las montañas. Antes de aquello, los rusos habían cañoneado el parlamento. Antes de aquello, setenta escritores y periodistas habían sido masacrados en los jardines reales. Los ingleses acababan de empezar a extraer petróleo en Irán. Los combatientes de las montañas habían redactado una Ley Fundamental democrática que recibía el nombre de Ley del Bosque, apoyada sobre ideas socialistas. En las montañas boscosas del norte de Irán, lucharon contra los dictadores iraníes, socialistas, checoslovacos, alemanes y rusos. El movimiento demócrata partisano fue reprimido entre traiciones y mentiras. Fue a la edad de siete años cuando yo vi por vez primera la fotografía de la cabeza cortada, congelada por el frío, de Mirza Kuchak Jan, líder del Movimiento del Bosque (Yangal). En el mismo álbum vi también al profesor Heshmat, su amigo más próximo. Ehsanallah Jan, compañero marxista del Movimiento del Bosque, huyó a Rusia y murió allí a manos de Stalin.
La cabeza cortada de Mirza Kuchik Jan, la soledad de Malkom Jan y el dolor lacerante de Farrojí, poeta al que cosieron los labios en la cárcel para que no hablase más de libertad… todos, tuvieron que refugiarse de la bota del despotismo los álbum de fotos, dejando sus huellas en la lengua persa, el único bien del que el pueblo ha dispuesto a lo largo de la historia de Irán, siempre ignorado. A partir de los movimientos de liberación de principios del siglo XX, la lengua persa experimentó cambios radicales, y la anterior literatura, difícil y aparatosa, dejó paso a una lengua más comprensible para el pueblo. Ya no era necesario ser un erudito para leer un escrito o tararear una canción.
Nimá Yushidch, comprendió antes que su hermano que el pueblo nunca había poseído ni poseía nada aparte de la lengua y la eternidad. No cogió el fusil pero transformó la poesía, que ha sido históricamente el arte de los iraníes. Antes de Nimá, los poetas cobraban sus estipendios y emolumentos de los reyes; y la poesía, compuesta para la corte de príncipes y poderosos, se asemejaba a un ejercicio de destreza más que a otra cosa, a mera exhibición de habilidad. La poesía persa moderna, sin embargo, se escribe para el pueblo; es la gente quien retribuye al autor y acaso incluso no sea el pueblo, sino la propia lengua quien ve al poeta. Nimá quiso escribir sobre lo más simple e insustancial: sobre una tortuga vieja, sobre un pequeño sapo que croa, sobre un árbol, anunciando la lluvia. Como su amigo Sadeq Hedayat, Nimá sabía francés. Conocía la poesía de Rimbaud, Verlaine, Valéry, Rilke y Mallarmé, y seguía la poesía moderna turca y árabe. Escuchaba tanto la música folklórica de Mazandarán —su patria chica— como la música clásica, y hasta sus últimos instantes, buscó a su hermano huido a Rusia en pos de su ideal socialista.
Ahmad Shamlú, el mayor poeta contemporáneo de Irán y comparado por los iraníes con Hafez, era amigo y discípulo de Nimá. Tenía 16 años la primera vez en que fue encarcelado por motivos políticos. El joven Shamlú, se oponía a la ocupación de Irán por los Aliados y pasó dos años en sus cárceles. El conocimiento de Nimá Yushidch y de Fereydún Rahnamá, recién llegado de París y amigo de André Breton y Paul Éluard, hizo del joven Shamlú un nuevo poeta. Un poeta que, sacando la voz pisoteada y olvidada del hombre de las profundidades de la lengua, la gritaba como una sonora epopeya. Un poeta que trabajaba sin descanso: poesía, relato, guiones de cine, artículos de prensa, traducciones, incluso investigaciones sobre cultura popular, hasta completar unos noventa libros. Su dominio del persa le permitió, como poeta, reconstruir de nuevo el idioma, haciendo presentes los ayeres de la lengua en su hoy, y dando al hoy una extensión en la que todo iraní pudo encontrar voz y tono propios. Si antes de Shamlú los iraníes ya conocían a Lorca, sus traducciones hicieron de Federico un poeta en quien España e Irán, después de siglos, compartían una misma lengua y conversaban como amigos milenarios que se hubiesen encontrado de improvisto en un café. No es descabellado llamar «década de Lorca» a toda una intensa década de poesía moderna iraní. Shamlú veía a España como su propia patria, y se consideraba a sí mismo hijo de la poesía española. Antes de la Revolución Islámica aún fue encarcelado de nuevo, y en la prisión supo de la ejecución de su amigo más allegado, el escritor y crítico marxista Mortezá Keyván, que ya antes de morir se le aparecía en sueño y vigilia, hundiéndolo en lágrimas cuando hablaba de él. Tras la Revolución, Shamlú gozaba ya de tal autoridad que Jomeiní, incapaz de declarar la guerra a la solidez de su fama, trató de borrar su nombre de la mente de los niños y jóvenes que nacían en el Irán islámico. Durante dieciséis años no se publicó ni un libro de él. Los libros de texto no estaban autorizados a mencionar su nombre. Lo mismo ocurrió a la poetisa Forugh Farrojzad, cuyos versos eran la voz de la mujer iraní, aprisionada durante años en los cuartos traseros de las casas, la voz acongojada de las miradas coquetas, de la ternura, del Eros, de la fantasía. A diferencia del hermano de Nimá o del amigo de Shamlú, al hermano de Forugh no le interesaba la política. Stalin había pasado ya a la historia y él era un cantante cuyo afán era cambiar por alegría la tristeza oriental. Los agentes exteriores de los Pasdarán, la mafia militar de Jomeiní, le cortaron la cabeza en un apartamento de Bonn. Forugh, por su parte, perdió la vida en un accidente de coche a los treinta y dos años; aunque su voz resuena desde entonces en los oídos de los jóvenes iraníes, que la escuchan como a Shamlú dentro de los coches en sus encuentros en las calles infernales de Teherán, calles de urbanismo frenético y desnortado que multiplica la desesperanza y el olvido. Ahmad Rezá Ahmadí, amigo de Forugh, Shamlú y Rahnamá es el poeta de esa ciudad. Sus versos, el reflejo íntegro de las pesadillas, los sueños inconclusos, la decadencia y la desintegración de una ciudad. Su poesía huye de la memoria de tal modo que siempre puede accederse a ella desde cualquiera de sus puntos; leyendo el poema de principio a fin, o bien partiendo de cualquier línea, al azar, sin que deje de tratarse del mismo poema. Varios años después de la muerte de Jomeiní, acabada la guerra Irán-Iraq, se produjo cierta apertura en el espacio político iraní y varios libros de Shamlú fueron publicados con ocasión de la Feria Internacional del Libro de Teherán. Los gobernantes, que imaginaban haber conseguido borrar al poeta de la mente de la juventud, se encontraron con la sorpresa de que después de agotarse todas las ediciones, la gente fotocopiaba los libros, y algunos ejemplares habían quedado inutilizables de tanto pasar de mano en mano. En los años de la devastadora guerra con Iraq, cuando atronaban los aullidos de la muerte y se reprimía toda voz disidente, Shamlú publicó, junto a varios escritores más, una carta abierta de protesta por la censura bajo el título «Somos escritores». Algunos de los firmantes de la carta fueron asesinados en una mortífera serie de crímenes contra intelectuales; otros fueron víctimas de un atentado en que estuvieron a punto de ser despeñados en grupo, otros callaron, otros huyeron del país, pero Shamlú no renunció a vivir en Irán. Él estuvo entre los intelectuales que tras el golpe de estado organizado por Estados Unidos contra el popular gobierno de Mosaddeq no habían caído en la desesperación. Creía que mientras hubiese cosas por hacer, mientras existiese el amor, no había razón para desesperar. Poeta profundamente amargo y trágico que nunca dobló la cerviz ante la muerte, cuyos versos eran susurrados por numerosos combatientes incluso en los últimos instantes de vida frente a los pelotones de ejecución. Shamlú falleció un año después del levantamiento estudiantil de 1999. El día en que el levantamiento de los estudiantes fue aplastado, Shamlú, enfermo, ya no se levantó de la cama. El golpe recibido por las esperanzas de la joven generación iraní fue un tiro de gracia para Shamlú, que ignoraba que quedaban por delante tiempos aún más amargos. La generación de poetas nacidos bajo la República Islámica y criados con el terrible aparato gubernamental de lavado de cerebro, debía recorrer caminos nuevos, arduos y tortuosos. El recuerdo de los años ochenta aparece aún en mis pesadillas. A veces me levanto a media noche y veo que he llorado por alguien. El aullido de los lobos y los chacales, el ruido de las balas resuena en el porche de la casa de mi abuela. El rostro de todos los ejecutados, los nombres, las insignias, los caídos en la guerra. Nuestra generación iba cayendo de una crisis en otra. Shamlú escribió sobre la diferencia entre su generación y la nuestra: «Si la generación del pasado vivió soñando con luchar, la joven generación ha nacido justo en medio del campo de batalla. Esa es la diferencia». Vivimos en tierras en las que todos los poetas cantaban al amor pero estaba prohibido amar en las calles. Prohibido mostrar instrumentos musicales en televisión. Prohibido ponerse pantalones vaqueros, ropas coloridas, camisas de manga corta, la voz de las mujeres, existir: ¡Prohibido! El levantamiento estudiantil fue el primer movimiento, tras la revolución, en que una generación se esforzaba por hallar y oír su propia voz. Fue en la residencia de estudiantes donde me encontré por vez primera con gases lacrimógenos. Por vez primera me cubrí el rostro. Por vez primera fui detenido. Por vez primera fui liberado. Si diez años más tarde, con el Movimiento Verde, la gente se alza frente a una soledad histórica en las calles de Irán al grito de ¡No temáis! ¡No temáis! ¡Estamos todos juntos! En la residencia de estudiantes nosotros estuvimos profundamente solos. El lunes en que la Universidad de Teherán fue tomada entre fuego y humo por las botas del terror, nadie sintió aquella soledad como nosotros en el momento huir. Aquel instante de huida adoptaba una forma apocalíptica, se hacía eterno, y la palabra «esperanza», que dos años antes nos llevaba de la clausura de una revista a la apertura de otra nueva, desapareció de nuestras vidas. Al año siguiente murió Shamlú, y el día de su entierro un currito afgano me decía que en toda su vida había visto dos funerales como aquel: el de Jomeiní y el de Shamlú.

Una lengua que los poderosos no podían conformar ni invadir. Y aún así, a nuestra lengua le faltaba una palabra. Una palabra. Shamlú escribe:

Con todos los vocablos del mundo en nuestra mano
no dijimos justo aquel que se necesitaba,
y es que una palabra, tan sólo una palabra
faltaba: ¡Libertad!
Nosotros no la dijimos. ¡Dale forma!

Darle forma, precisamente es lo que hoy se desarrolla en las calles de Irán. Un esfuerzo ímprobo y extenuante por dar forma a esa palabra prohibida, esa palabra ausente: «libertad».

 

Publicado en el año 2012 en Visible como el aire, legible como la muerte