Identities

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In Kabul, two days before Nowruz this year, some angry men attacked a young woman in the street. In an open space they tortured and then burned her. They said she was guilty of burning a copy of the Quran. If we accept that the woman, Farkhondeh, actually burned the holy book, it is also valid to ask: in what category of culture can the corpse of a book be exchanged with the body of human? How does a book suffer when it burns?

When the bible was written, Yahweh was still one of the strongest gods. Through history, as written culture trespassed on oral culture, this strong god among gods conquered all other gods to become the unique god. From the time that the words of god were written as the Decalogue, to the time that the Quran engraved itself on paper, oral cultures were vanishing under the feet of written emperors. The word “Quran” originally means “to read” and the commandment “Read!” was the first statement god commands Mohammed. I ask myself, what is Mohammed reading at this very first moment: the same still-unwritten book? Centuries later in Iran, clerics considered Mathnavi by Rumi to be a dirty book and if a Muslim touched it, he was supposed to wash himself with water. Again, it is valid to ask how the dirt can be transformed from the body of a book to the body of a man. In some villages of Iran, people dissolved the paper version of the poems by Abulkhair in water in order to heal their illnesses. Each sickness had a special poem by this poet as a remedy. What is the relation between the corporeality of words and the corporeality of mankind?

In the murder of Farkhondeh, I ask again, if the metaphors are killing humans? I mean the same interpretation George Lakoff used to speak of the Gulf War. Culture and language are both created by metaphors. Metaphors are not just literary devices; they are units of our thoughts. The power of masks whether in antique cultures or in postmodern movements originates in the power of metaphors. How can we surpass the power of metaphors when we are in front of a human body? In the old times, it was the task of shamans and poets to create or transform or destroy metaphors. Their goal was always to heal the sickness of language. But how poets can do it when Plato and Mohammed both banish them? When a dictator like Khomeini writes poems? When the Ottoman Empire, with a mystic foundation (around Rumi’s thought), massacres one and half million Armenians?

We are living in an age of metaphor chaos: The mask of spiritual mystic on the face of Khomeini, the mask of democracy on the face of George W. Bush, the mask of a socialist on the face of Ahmadinejad and several other masks. But what is identity itself, if it is not the transformation of masks? When religious people turn to be murderers, and religion itself is an institution of murder. When powerful advocates of democracy initiate wars, democracy is nothing but the economy of war. It is no longer valid to ask: what is the true religion? Or what is the true democracy? These questions are fundamentally wrong! But instead one must ask: How can we surpass this kind of religion and this kind of democracy? The historical answer has always been always the same: to look at the most radical reality in front of our eyes. To look at the body of a human being burnt, tortured, taken into slavery, silent, depressed without dream or desire.

Under the communist dictatorship of Czechoslovakia, Vladimir Holan, wrote, “Only poetics destroy poetry”. That is to say, only the history of poetry or the poetical destroys poetry. If the history of philosophy is a part of philosophy, or if the history of religion is a part of religion, a history of poetry can never exist. Jiří Orten, a friend of Holan, was killed six days before Prague’s ghetto opened. In the terror of that time he wrote: “My heart called out like that, being too alive,/ and it didn’t know it isn’t wanted yet by the wealth of earth, by the arms of its god,/ that nothing outside its world wants it,/ except for a song, an elegy.”

Who will sing this elegy? The one who can hear the silence is always the one who dares to be defeated. That is why few will hear it. There will be no victory! That’s where we may start, where Troy will speak out.

 

HISTORIA DE UNA ESPERANZA

 

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Un año antes de morir, el ayatolá Jomeiní emitió dos importantes fatwas: la orden de matar a Salman Rushdie, y la de matar a los presos políticos que había en Irán. Una de las dos, la que no llegó a realizarse, es conocida por todos; la otra se ejecutó, pero durante años nadie dijo una palabra sobre ella. Jomeiní creía que para conseguir la independencia que necesitaban los mulás para administrar Irán, había que evitar la injerencia y la influencia de las potencias extranjeras en el país. En su opinión, la mejor vía para ello era crear crisis al otro lado de las fronteras para que nadie tuviera la oportunidad de mirar lo que pasaba dentro de sus dominios, y ése es el mismo método que continúa aplicando el sucesor de Jomeiní, el ayatolá Jameneí. La puesta en práctica de la fatwa acabó con la vida de cinco mil personas; presos políticos que no estaban dispuestos, aún después de años en la cárcel, a renunciar a sus ideales. Los enterraron en fosas comunes, en un cementerio a las afueras de Teherán. Al acabar la guerra, la noticia de la matanza pasó de boca en boca. Yo tenía doce años, y sabiéndose de memoria mi bici azul de niño todas las callejas, me esforzaba en sacarle al vecino, un hombre anciano y elegante, una de sus prudentes sonrisas haciendo derrapes y chulerías sin manos frente a su bicicleta de hombre mayor. En el año ‘88, el viejo perdió a sus tres hijos, y ya no hubo rastro de aquellas sonrisas. Las violetas de papel que esparcía en torno a la puerta de su casa poco a poco enmustiaron, y lentamente, uno tras otro, el anciano primero y después la anciana, murieron. Más tarde, en la Universidad, hice amigos cuyos padres también habían muerto en aquellas matanzas. Uno de ellos era un muchacho al que le asustaba mirarse al espejo. Le daba miedo que lo tocaran. Tenía seis años cuando sus padres fueron detenidos por sus actividades como socialistas. Su madre pasó once años en la cárcel; su padre, quedó enterrado en las fosas comunes. Desde los seis años había vivido de casa en casa, errante. La última línea del testamento de su padre era un verso de Hafez: Ya ocupen el horizonte todo ejércitos de tiranía, encontrarán los derviches su hora, del principio al fin de los tiempos. En esa última línea testamentaria, antes de dejar al escriba ante el pelotón de fusilamiento, Hafez habla de una esperanza relatada por toda la historia de la poesía persa. Por más que el ejército de la tiranía se haya apoderado de todo el horizonte, del espacio; la distancia que va del principio al fin de los tiempos —es decir, la eternidad— es algo, lo único, que no podrán dominar nunca. Esa esperanza de la que habla Hafez ha sido enterrada una y otra vez a lo largo de la historia de Irán en fosas sin nombre, junto a quienes copiaban ese dístico. El tiempo nunca fue suyo. El presente texto busca contar la historia de esa esperanza. Una esperanza a la que han despojado de cuanto se pudiese ver y palpar, y para la que sólo ha quedado aquello, que no podía ser robado u ocupado como el tiempo o la eternidad.

Nimá Yushidch, padre de la poesía persa moderna, escribe antes de la llegada al poder de los Pahlaví —última dinastía real de Irán— que quiere agarrar la escopeta y echarse al monte a luchar. Al mismo tiempo Sadeq Hedayat, padre de la narrativa persa moderna, se arroja al río Marne, cerca de París, para suicidarse. Hedayat no murió, y Yushidch no cogió ningún fusil; pero el hermano de Nimá, que había hecho estudios y tenía ideas socialistas, viajó a Rusia, donde lo mató Stalin. En época de Nimá, los últimos supervivientes del movimiento constitucionalista por la libertad —que había limitado el poder de los reyes e instituido un parlamento— combatían en las montañas. Antes de aquello, los rusos habían cañoneado el parlamento. Antes de aquello, setenta escritores y periodistas habían sido masacrados en los jardines reales. Los ingleses acababan de empezar a extraer petróleo en Irán. Los combatientes de las montañas habían redactado una Ley Fundamental democrática que recibía el nombre de Ley del Bosque, apoyada sobre ideas socialistas. En las montañas boscosas del norte de Irán, lucharon contra los dictadores iraníes, socialistas, checoslovacos, alemanes y rusos. El movimiento demócrata partisano fue reprimido entre traiciones y mentiras. Fue a la edad de siete años cuando yo vi por vez primera la fotografía de la cabeza cortada, congelada por el frío, de Mirza Kuchak Jan, líder del Movimiento del Bosque (Yangal). En el mismo álbum vi también al profesor Heshmat, su amigo más próximo. Ehsanallah Jan, compañero marxista del Movimiento del Bosque, huyó a Rusia y murió allí a manos de Stalin.
La cabeza cortada de Mirza Kuchik Jan, la soledad de Malkom Jan y el dolor lacerante de Farrojí, poeta al que cosieron los labios en la cárcel para que no hablase más de libertad… todos, tuvieron que refugiarse de la bota del despotismo los álbum de fotos, dejando sus huellas en la lengua persa, el único bien del que el pueblo ha dispuesto a lo largo de la historia de Irán, siempre ignorado. A partir de los movimientos de liberación de principios del siglo XX, la lengua persa experimentó cambios radicales, y la anterior literatura, difícil y aparatosa, dejó paso a una lengua más comprensible para el pueblo. Ya no era necesario ser un erudito para leer un escrito o tararear una canción.
Nimá Yushidch, comprendió antes que su hermano que el pueblo nunca había poseído ni poseía nada aparte de la lengua y la eternidad. No cogió el fusil pero transformó la poesía, que ha sido históricamente el arte de los iraníes. Antes de Nimá, los poetas cobraban sus estipendios y emolumentos de los reyes; y la poesía, compuesta para la corte de príncipes y poderosos, se asemejaba a un ejercicio de destreza más que a otra cosa, a mera exhibición de habilidad. La poesía persa moderna, sin embargo, se escribe para el pueblo; es la gente quien retribuye al autor y acaso incluso no sea el pueblo, sino la propia lengua quien ve al poeta. Nimá quiso escribir sobre lo más simple e insustancial: sobre una tortuga vieja, sobre un pequeño sapo que croa, sobre un árbol, anunciando la lluvia. Como su amigo Sadeq Hedayat, Nimá sabía francés. Conocía la poesía de Rimbaud, Verlaine, Valéry, Rilke y Mallarmé, y seguía la poesía moderna turca y árabe. Escuchaba tanto la música folklórica de Mazandarán —su patria chica— como la música clásica, y hasta sus últimos instantes, buscó a su hermano huido a Rusia en pos de su ideal socialista.
Ahmad Shamlú, el mayor poeta contemporáneo de Irán y comparado por los iraníes con Hafez, era amigo y discípulo de Nimá. Tenía 16 años la primera vez en que fue encarcelado por motivos políticos. El joven Shamlú, se oponía a la ocupación de Irán por los Aliados y pasó dos años en sus cárceles. El conocimiento de Nimá Yushidch y de Fereydún Rahnamá, recién llegado de París y amigo de André Breton y Paul Éluard, hizo del joven Shamlú un nuevo poeta. Un poeta que, sacando la voz pisoteada y olvidada del hombre de las profundidades de la lengua, la gritaba como una sonora epopeya. Un poeta que trabajaba sin descanso: poesía, relato, guiones de cine, artículos de prensa, traducciones, incluso investigaciones sobre cultura popular, hasta completar unos noventa libros. Su dominio del persa le permitió, como poeta, reconstruir de nuevo el idioma, haciendo presentes los ayeres de la lengua en su hoy, y dando al hoy una extensión en la que todo iraní pudo encontrar voz y tono propios. Si antes de Shamlú los iraníes ya conocían a Lorca, sus traducciones hicieron de Federico un poeta en quien España e Irán, después de siglos, compartían una misma lengua y conversaban como amigos milenarios que se hubiesen encontrado de improvisto en un café. No es descabellado llamar «década de Lorca» a toda una intensa década de poesía moderna iraní. Shamlú veía a España como su propia patria, y se consideraba a sí mismo hijo de la poesía española. Antes de la Revolución Islámica aún fue encarcelado de nuevo, y en la prisión supo de la ejecución de su amigo más allegado, el escritor y crítico marxista Mortezá Keyván, que ya antes de morir se le aparecía en sueño y vigilia, hundiéndolo en lágrimas cuando hablaba de él. Tras la Revolución, Shamlú gozaba ya de tal autoridad que Jomeiní, incapaz de declarar la guerra a la solidez de su fama, trató de borrar su nombre de la mente de los niños y jóvenes que nacían en el Irán islámico. Durante dieciséis años no se publicó ni un libro de él. Los libros de texto no estaban autorizados a mencionar su nombre. Lo mismo ocurrió a la poetisa Forugh Farrojzad, cuyos versos eran la voz de la mujer iraní, aprisionada durante años en los cuartos traseros de las casas, la voz acongojada de las miradas coquetas, de la ternura, del Eros, de la fantasía. A diferencia del hermano de Nimá o del amigo de Shamlú, al hermano de Forugh no le interesaba la política. Stalin había pasado ya a la historia y él era un cantante cuyo afán era cambiar por alegría la tristeza oriental. Los agentes exteriores de los Pasdarán, la mafia militar de Jomeiní, le cortaron la cabeza en un apartamento de Bonn. Forugh, por su parte, perdió la vida en un accidente de coche a los treinta y dos años; aunque su voz resuena desde entonces en los oídos de los jóvenes iraníes, que la escuchan como a Shamlú dentro de los coches en sus encuentros en las calles infernales de Teherán, calles de urbanismo frenético y desnortado que multiplica la desesperanza y el olvido. Ahmad Rezá Ahmadí, amigo de Forugh, Shamlú y Rahnamá es el poeta de esa ciudad. Sus versos, el reflejo íntegro de las pesadillas, los sueños inconclusos, la decadencia y la desintegración de una ciudad. Su poesía huye de la memoria de tal modo que siempre puede accederse a ella desde cualquiera de sus puntos; leyendo el poema de principio a fin, o bien partiendo de cualquier línea, al azar, sin que deje de tratarse del mismo poema. Varios años después de la muerte de Jomeiní, acabada la guerra Irán-Iraq, se produjo cierta apertura en el espacio político iraní y varios libros de Shamlú fueron publicados con ocasión de la Feria Internacional del Libro de Teherán. Los gobernantes, que imaginaban haber conseguido borrar al poeta de la mente de la juventud, se encontraron con la sorpresa de que después de agotarse todas las ediciones, la gente fotocopiaba los libros, y algunos ejemplares habían quedado inutilizables de tanto pasar de mano en mano. En los años de la devastadora guerra con Iraq, cuando atronaban los aullidos de la muerte y se reprimía toda voz disidente, Shamlú publicó, junto a varios escritores más, una carta abierta de protesta por la censura bajo el título «Somos escritores». Algunos de los firmantes de la carta fueron asesinados en una mortífera serie de crímenes contra intelectuales; otros fueron víctimas de un atentado en que estuvieron a punto de ser despeñados en grupo, otros callaron, otros huyeron del país, pero Shamlú no renunció a vivir en Irán. Él estuvo entre los intelectuales que tras el golpe de estado organizado por Estados Unidos contra el popular gobierno de Mosaddeq no habían caído en la desesperación. Creía que mientras hubiese cosas por hacer, mientras existiese el amor, no había razón para desesperar. Poeta profundamente amargo y trágico que nunca dobló la cerviz ante la muerte, cuyos versos eran susurrados por numerosos combatientes incluso en los últimos instantes de vida frente a los pelotones de ejecución. Shamlú falleció un año después del levantamiento estudiantil de 1999. El día en que el levantamiento de los estudiantes fue aplastado, Shamlú, enfermo, ya no se levantó de la cama. El golpe recibido por las esperanzas de la joven generación iraní fue un tiro de gracia para Shamlú, que ignoraba que quedaban por delante tiempos aún más amargos. La generación de poetas nacidos bajo la República Islámica y criados con el terrible aparato gubernamental de lavado de cerebro, debía recorrer caminos nuevos, arduos y tortuosos. El recuerdo de los años ochenta aparece aún en mis pesadillas. A veces me levanto a media noche y veo que he llorado por alguien. El aullido de los lobos y los chacales, el ruido de las balas resuena en el porche de la casa de mi abuela. El rostro de todos los ejecutados, los nombres, las insignias, los caídos en la guerra. Nuestra generación iba cayendo de una crisis en otra. Shamlú escribió sobre la diferencia entre su generación y la nuestra: «Si la generación del pasado vivió soñando con luchar, la joven generación ha nacido justo en medio del campo de batalla. Esa es la diferencia». Vivimos en tierras en las que todos los poetas cantaban al amor pero estaba prohibido amar en las calles. Prohibido mostrar instrumentos musicales en televisión. Prohibido ponerse pantalones vaqueros, ropas coloridas, camisas de manga corta, la voz de las mujeres, existir: ¡Prohibido! El levantamiento estudiantil fue el primer movimiento, tras la revolución, en que una generación se esforzaba por hallar y oír su propia voz. Fue en la residencia de estudiantes donde me encontré por vez primera con gases lacrimógenos. Por vez primera me cubrí el rostro. Por vez primera fui detenido. Por vez primera fui liberado. Si diez años más tarde, con el Movimiento Verde, la gente se alza frente a una soledad histórica en las calles de Irán al grito de ¡No temáis! ¡No temáis! ¡Estamos todos juntos! En la residencia de estudiantes nosotros estuvimos profundamente solos. El lunes en que la Universidad de Teherán fue tomada entre fuego y humo por las botas del terror, nadie sintió aquella soledad como nosotros en el momento huir. Aquel instante de huida adoptaba una forma apocalíptica, se hacía eterno, y la palabra «esperanza», que dos años antes nos llevaba de la clausura de una revista a la apertura de otra nueva, desapareció de nuestras vidas. Al año siguiente murió Shamlú, y el día de su entierro un currito afgano me decía que en toda su vida había visto dos funerales como aquel: el de Jomeiní y el de Shamlú.

Una lengua que los poderosos no podían conformar ni invadir. Y aún así, a nuestra lengua le faltaba una palabra. Una palabra. Shamlú escribe:

Con todos los vocablos del mundo en nuestra mano
no dijimos justo aquel que se necesitaba,
y es que una palabra, tan sólo una palabra
faltaba: ¡Libertad!
Nosotros no la dijimos. ¡Dale forma!

Darle forma, precisamente es lo que hoy se desarrolla en las calles de Irán. Un esfuerzo ímprobo y extenuante por dar forma a esa palabra prohibida, esa palabra ausente: «libertad».

 

Publicado en el año 2012 en Visible como el aire, legible como la muerte

El sueño de la insulina

 

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En octubre de 1995, en una de las calles de Isfahán, dos botellas de alcohol estaban cerca de la cabeza de un cadáver. Los periódicos dijeron que murió a causa de una sobredosis. Nadie en la ciudad lo creyó. El muerto era el principal traductor de Borges y Paz. Su escena de muerte parecía una parte de los libros que tradujo. ¿Una muerte mexicana o tal vez un asesinato? Quién sabe. Pero la conciencia subterránea lo sabía. Las investigaciones demostraron que había sido asesinado por una inyección de insulina en su mano derecha. Fue uno de los muchos asesinatos de escritores en ese tiempo. Una serie de asesinatos de escritores que firmaron una carta. Una carta sobre la censura dirigida al gobierno con un simple título: «¡Somos escritores!». El cuerpo de algunos escritores fue descubierto en los desiertos, en excelencia. Algunos fueron apuñalados en su casa. Incluso trataron de arrojar un autobús repleto de escritores iraníes a un valle, y así, matarlos juntos a todos. ¿Pero cuál era el peligro del traductor de Borges, Paz y Kundera? En México tampoco es extraño. Todos lo sabemos. Las palabras son peligrosas. No para el Pueblo, por supuesto, sino para el Estado.
Un Estado dictador, primero intenta corregir los diccionarios. Luego define una estética. Hitler lo hizo, Israel lo está haciendo. Estados Unidos, República Islámica de Irán. Todos están constantemente ocupados en cambiar los diccionarios. Así como en sustituir la palabra «exilio» por la palabra «fuga», o «resistencia» por «terrorismo» o «neocolonialismo» por «democracia distributiva». Sí, las palabras son peligrosas, por tanto, los poetas son peligrosos. ¿Pero no es mejor si digo que las palabras son peligrosas porque los poetas son peligrosos? Los poetas devuelven las palabras a su origen. Al momento en que las capitales y los símbolos se ausentan. En que el cuerpo palpa por primera vez: Con el asombro y la alegría de un niño. Para manifestar: «Soy escritor», simplemente, se manifiesta este acto radical: El acto del tacto y la visión. Cuando el cuerpo no es un medio de propaganda. Cuando el cuerpo no es simbolizado como capital para votar en elecciones amañadas. Y aquí me pregunto cuál es el precio de un escritor.
Tras el ataque de Gengis Kan, cuando en Nishapur matan incluso a los animales, un momento que es la edad del hierro en la garganta y en que hasta/ a los signos vienen/ las sombras torturadas , un soldado arresta a Farid ud-Din Attar, el poeta. Un caminante reconoce al anciano y pregunta al soldado si, con monedas de plata, puede comprarlo. El poeta dice: “Este no es mi precio”. Y el soldado sigue. Otro caminante pregunta al soldado si puede comprarlo con monedas de oro. Y el poeta dice: “Este no es mi precio”. Finalmente un campesino ve al poeta y al codicioso soldado. También él quiere pagar por el poeta, pero afirma que sólo tiene paja. El poeta dice: “Sí, este es mi precio”. Irritado el soldado mata al poeta y la leyenda cuenta que éste se pone la cabeza cortada sobre el cuerpo y recita su último poema: el poema de un hombre sin cabeza.
Aquí recuerdo a Vladimír Holan: «Lo poético no es poesía». Lo poético siempre está relacionado con la historia de la literatura. Pero la poesía siempre permanece nueva. Escapa de la historia, se queda con nosotros como Hafez o Shamlú. Donde Hafez mira la geografía, siempre ocupada por tiranos, y Shamlú ve la historia como un exilio de otro exilio. México o Irán? La república Islámica o la dictadura perfecta? Compartimos ruinas y Cuando no tenemos ningún precio, como Attar, cuando somos los materiales más baratos para la historia somos aquellos que pueden agitar la historia. Cuando se dice simplemente: «Soy escritor». Sí, «Somos escritores». La insulina es soñar un poema.

 

[Publicado en PEN Mexico]

Líneas de Fuga: Poesía palestina

Palestina

Revista Líneas de Fuga, No. 33, Dedicado a Poesía Palestina
Selección, Coordinación y Presentación : Mohsen Emadi

Publicado en Noviembre de 2013, Mexico D.F

I

Nichita Stănescu, el poeta rumano, dibujó su autorretrato a través de estas líneas: «no soy nada más / que una mancha de sangre / que habla». Antes de escribir sobre Palestina, me paro frente a ese retrato y me pregunto: ¿de dónde proviene esta mancha de sangre? ¿A quién habla una mancha de sangre? ¿Quién puede escuchar sus palabras? En el folklore de mi tierra la sangre tiene memoria. Siempre regresa. Incluso la sangre derramada sobre el suelo del desierto. Se dice: «en las tierras en las que alguien inocente ha sido asesinado, en el aniversario de la muerte, el suelo se convierte en sangre.» En los cuentos populares, un talismán mantiene presa a una hermosa muchacha dentro de una naranja. Un príncipe emprende un viaje en busca de un árbol custodiado por unos demonios. Finalmente, engaña a los demonios y llega hasta la naranja, que es la cárcel de la joven. La libera. Está desnuda. El príncipe encuentra algo de ropa para ella y la lleva a la casa. Una mujer, celosa de su belleza, la asesina. Su sangre se derrama en el río, y cada gota se convierte en una perla que flota en el agua. También cae una gota de sangre a los pies de una planta de caña. Las perlas alcanzan a un viejo, y éste busca la fuente de donde ellas provienen. Las perlas le llevan al cuerpo de la chica, y entonces la caña empieza a cantar: «¡me corta! ¡Y por mi savia, únase la cabeza cortada al cuerpo!» En otra versión de la misma historia, un naranjo brota de la sangre. En estas historias, la sangre narra, pasa de una forma a otra. Rumi, comienza una de sus obras maestras con la voz de Ney, un instrumento musical hecho de cañas: «escucha el Ney cuando narra las historias, cuando llora las separaciones.» Ney, canta siempre la misma canción: la canción de la ausencia. En otra historia, una chica, sola en medio de la opresión de los de- más, cuenta sus sufrimientos a una piedra. Le dice a la piedra: «tú eres paciente, yo también. Rómpete o me rompo». La historia cuenta que si en ese momento nadie abraza a la chica por amor, la niña estallará. Pero si alguien la abraza por amor, será la piedra quien estalle y una gota de sangre brotará de ella. El sufrimiento de la piedra es el dolor de la Historia. La piedra es el testigo de todos los pasos: huellas de tor- mentas, guerras y masacres. Me pregunto: ¿de dónde proviene la gota de sangre en las entrañas de la piedra? El amor protege a la joven de la muerte. Pero la piedra, en su sabiduría histórica, entiende el dolor y estalla en la compasión. Tal vez, por esa sabiduría histórica, Mahmoud Darwish, recuerda a Troya cuando habla de Palestina y dice: «en el nombre de Troya».

II

Aunque la interpretación védica de la historia es verdadera, cuando dice: «las mariposas se posan sobre el cadáver del victorioso del mis- mo modo que lo hacen sobre el cadáver del derrotado», siempre hay una sabiduría en la derrota que no existe en la victoria. Victoriosa es la gente con más poder; pero en ambos lados de la batalla, los derrotados, no son los comandantes vivos o muertos, sino las personas comunes y desamparadas de los dos bandos. Bajo la administración civil británica en Palestina, o «Período de mandato británico» operado desde 1920 hasta 1948, los judíos comenzaron a emigrar a esa tierra. Los ojos de un colonialista siempre interfieren y permanecen ciegos: ojos que miran el mundo a través de la intención, el deseo y el miedo, cortándole al mundo sus horizontes. Históricamente judíos y árabes vivieron codo con codo sin problemas. Ese mismo hecho, fue la puerta de los colonialistas al caos y a la tragedia. A partir de 1930 la resistencia palestina cobra forma, y en 1936 la rebelión árabe comienza y continúa hasta 1948. La poesía palestina en ese período narra los días de la revolución y la esperanza con odas revolucionarias y apasionadas. La derrota sobrevino en 1948, cuando comenzó el largo exilio y se declaró el Estado de Israel. Aquí, la poesía palestina se encuentra a la luz de palabras como: derrota, amor, tierra, resistencia, exilio y ausencia. Palabras que narran la historia de la humanidad. Tal vez, esta sea la razón por la que Palestina se ha transformado en una metáfora de la historia de la humanidad. Digo metáfora de la historia de la humanidad y recuerdo la historia de Isis y Osiris. El Dios de la fertilidad yace muerto, su cuerpo está desgarrado, y una mujer, la diosa de la naturaleza y de la magia, viaja para reunir las partes del cuerpo y traer de vuelta a la vida al ser amado. La poesía siempre es femenina. Esta antigua historia egipcia nos sugiere que Isis es el poeta palestino. La misma historia, al igual que los poetas palestinos, ha viajado por el mundo, reformada, transmitida en varias culturas. Siempre vivió en la antigua Grecia, en el imperio romano e incluso en Inglaterra. En los cuentos de mi pueblo, un día, un viejo llegó a la aldea. Pidió trabajo a un propietario. El propietario le ordenó trabajar en su enorme granja, esparcir las semillas y cuidar de ella hasta el fin de la cose- cha. El primer día el viejo trabajó la granja, el segundo esparció semillas y el tercero recogió la cosecha. El propietario tuvo miedo de ese milagro. Mató al viejo con un hacha y enterró el cadáver y el hacha en el campo. A partir de entonces, cada noche, el propietario se despierta de una pesadilla y el hacha siempre está ahí: debajo de su almohada. Puse el nombre de «la poesía» al milagro del viejo. El asesino tiene miedo de ese milagro y cada noche encuentra el hacha, el hacha que la poesía devuelve debajo de su almohada. Cuando Darwish le dice al periodista israelí: «estoy buscando a los poetas de Troya, porque Troya nunca nos contó su historia». Tal vez, con una sonrisa, está pensando en Fobetor (Iquelo), el dios de las pesadillas. Con la poesía de Darwish, Fobetor entra por las ventanas a las habitaciones del victorioso. Fobetor es la raíz griega de fobia (Φόβος). La fobia del victorioso es el mismo hacha que asesina a los poetas.

III

¿Qué es el exilio? Ryokan escribe: «el ladrón ha dejado la luna en mi ventana». El poeta viene a casa y ve que el ladrón se ha robado todo. Mira la ventana y ve la luna. Me pregunto: ¿cómo escribimos el Haiku mismo si el ladrón robó la casa? ¿Si llegamos a nuestra calle, en donde todo está en su lugar menos la casa? Tal vez, para Ryokan, la ventana del poema, no era mi ventana. Podría ser una ventana multiplicada. Quiero decir que él lo escribiría así: «el ladrón ha dejado la luna en las ventanas». Con este cambio, el ladrón se podría generalizar a un ladron que roba de todas las ventanas. El exiliado toca una especie de universalidad que los demás habitantes no pueden tocar. La experiencia del exilio, al principio, es la experiencia del desplazamiento. Desplazamiento de naves, ahogamientos cerca de las costas de Italia o de Australia. Desplazamiento no significa estar sin lugar. Cuando no puedes hablar en tu lengua materna, cuando pierdes el ritmo del ser, entras en la esfera de la intemporalidad. Los exiliados están fuera de la Geografía y de la Historia. Y desde esa distancia las ven. El lugar y el tiempo, en principio, son nostálgicos; entonces, esa nostalgia, esa experiencia de ausencia, sustituye a la experiencia del abismo. Pero la poesía siempre se levanta del abismo. Los objetos se medirán por los idiomas: ¡no tengo una palabra para ese objeto! Y entonces, la historia de los objetos será la historia del vértigo. La metáfora del judío errante, que un día fue la metáfora del desplazamiento, enfrente de las cámaras ocupa y roba una geografía. Los poderes que han utilizado esta metáfora no han sido conscientes de los peligros que éstas entrañan. Actualmente, Palestina es una metáfora personificada de todos los exiliados y los desplazamientos de la historia. Un palestino vive en el exilio, incluso en su patria. Vive la forma más primigenia del exilio. Los marineros negros del sur de mi tierra, dicen: «cuando alguien se pierde en el mar, cuando todas las búsquedas han sido inútiles, todo el mundo debe venir a la orilla y tocar el tambor». Tocar el tambor para los perdidos hasta que ellos puedan encontrar el camino a la costa. La poesía, en todas las orillas del mundo, está tocando el tam- bor. Tal vez allí nos encuentre nuestra costa.

IV

La resistencia es creación. Es decir, recreación de la naturaleza. En el pensamiento de Aristóteles, el arte imita a la naturaleza. Pero la poesía no acepta el marco aristotélico porque la destrucción comienza cuan- do la naturaleza no sigue al arte. Darwish, en su poesía, habla de esta naturaleza creativa de la resistencia: «la tierra es demasiado oscura, ¿por qué es tu poema tan blanco? Porque mi corazón está lleno de treinta mares»: Lleno, embarazado, proviene de treinta mares, desde el exilio. Y en otro poema dice: «cuando escribo veinte líneas sobre el amor, imagino este asedio, ¡ha vuelto a veinte metros!» Una mezcla de amor y escritura, significado y acción, en la lucha contra el asedio. En los cuentos populares de mi tierra, cuando la vida del ser humano y del pueblo están asediadas por un invierno frío, la cigüeña permanece atrapada en algún lugar de las montañas y no puede llegar a la aldea. La cigüeña es el pájaro de la fertilidad. Es un ave migratoria. Su corazón está lleno de treinta mares. En esos cuentos, un niño debe viajar a las montañas altas y encontrarla. Debe entregarle el calor de su cuerpo y traerla de vuelta a la aldea. En esos cuentos, si los humanos no eran capaces de viajar en la profundidad de la frialdad y no ofrecían el calor de su cuerpo, es decir, la experiencia corporal del amor a la cigüeña, el frío mataba a la tierra. Ese cuerpo humano, en todas esas historias, se refiere a la poesía. En cada resistencia el cuerpo está presente, porque la resistencia pertenece al cuerpo creativo.

V

¿Cómo podemos conocer el cuerpo de la poesía palestina? Partes de ese cuerpo viven en la misma geografía. Pero esa geografía está rota: algunos viven en la ocupación, otros en el Estado israelí. Algunos más están en el exilio y escriben en árabe. Algunos viven en otros idiomas. Pero mientras la poesía de Palestina viva, Troya tendrá su voz. La sangre hablará. Esta colección de poemas no sería posible sin la ayuda, trabajo y amistad de Nathalie Handal. A ella le estoy agradecido, así como a todos los poetas que nos dieron permiso para publicar sus textos aquí. También, quiero agradecer a Luz Gómez García por permitirnos disponer de sus traducciones de las obras de Mahmoud Darwish. Ojalá que este pequeño rincón pueda ser la casa de una ver- dad, que es la poesía, que es Palestina.

Fragmentos de la Ausencia

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Sobre la poesía

A Juan Gelman

Fragmento I: Misterios

Orfeo:

Un álamo temblón, amor mío. ¡Tu favorito!

Eurídice:

Desgraciadamente sólo veo raíces

1

En un informe elaborado por John G. Neihardt, Alce Negro, el santo hombre indio, habla de un hechicero que viene de ver a sus convalecientes y descubre un imprevisto en sus ojos y carnes. Éste habla con su padre sobre el cambio. Alce Negro cierra los ojos para que el hechicero no pueda mirarlos, para que no pueda capturar en ellos su misterio e intuición, para que no pueda nombrarlo ni destruirlo por el habla.

En esta fábula el hechicero es extraño a Alce Negro. Lo que conforma esta extrañeza son formas rituales de entrada a la esfera de misterios, no al lenguaje o al clan.

 

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El crimen fue en Granada

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Un mes después de llegar a Praga tras los pasos de Vladimir Holan, me surgió un viaje a Italia. Pasé dos días en Roma y me encaminé luego hacia Nápoles para dar una conferencia sobre la experiencia poética en el ámbito digital. Me llevó a la estación de ferrocarril de Roma una bailarina iraní. Su coquetería se deslizaba por la humedad ambiente de Roma hasta plasmarse en la piel de las ventanillas del tren, en cuyo cuerpo fresco mi mano trazaba dubitativa un gesto de despedida. En Nápoles llovía. Nos bebimos la noche entre amigos bajo la lluvia para luego en el hotel hablar de lo divino y de lo humano hasta altas horas de la madrugada en un alto balcón lleno de flores. La lluvia penetraba en la corriente eléctrica que unía alrededor de una mesa lógica difusa y aristotelismo. Por la mañana, el canto de los pájaros y un sol fresco. Continue reading