Del frío que albergamos | بر سرمای درون

Standing on Earth

standing_coverby Mohsen Emadi

translated from the Persian by Lyn Coffin
Poetry
Paperback
ISBN: 978-1944700003

In his poems of memory and displacement, Iranian poet Mohsen Emadi charts his experience of exile with vivid, often haunting imagery and a child’s love of language. Lyn Coffin’s translations from the Persian allow Emadi’s poems to inhabit the English language as their own, as the poet recasts his earliest memories and deepest loves over the forges of being ‘someone who goes to bed in one city and wakes up in another city.’ Alternating between acceptance and despair, tenderness and toughness, he writes, ‘I wanted to be a physicist,’ but ‘Your kisses made me a poet.’ Mohsen Emadi is a powerful witness to life in the present times, and Standing on Earth introduces a major world poet to an English-language readership for the first time.

Past Praise

  • “Mohsen Emadi is one of the brightest stars of twenty-first century Persian poetry. Widely known in Iran and Spain, it is time for us to discover Emadi through Lyn Coffin’s brilliant English translations. Enter a brilliant mind’s meditation through the metaphorical language of the heart.” –Sholeh Wolpe
  • “Emadi has become a citizen of the world of poetry, an artist in service to a Muse that taught him that becoming a poet meant ‘discovering the danger of existence and the beauty of childhood’…His poems are experiences that can be lived only through language.” –Sam Hamill
  • “Standing on Earth by Mohsen Emadi is a suddenness of echoes mooring us to the mystical within. The poems witness sorrow lifting, a nation sinking, and breath colliding with itself. A solitude lingers at the heart of each line. A profound reflection. An infinite sigh. This collection, lyrical and imagistic, where between death and silence is remembrance, where shadow after shadow resides, ‘whispers: guess who it is…’ And the poet leaves us wondering because it is wonder that takes us closer to love’s many versions, to an intimacy weaved in nation and exile. The poems in this unforgettable collection ground us, and give us flight.” –Nathalie Handal

Despedidme del sol y de los trigos | Sobre canciones de resistencia

Querido Antonio | Sobre Antonio Gamoneda

Poesía Kurdistana

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1

Fue después de la muerte de Jomeini: el ministerio de educación de Irán, cada año organizaba un festival y un concurso nacional de poesía. Los poemas que un día se escribieron en formas clásicas y con las palabras de propaganda del régimen islámico, poco a poco cambiaban sus colores y sus fragancias. Los oficiales tenían miedo de que el festival de poesía auspiciado por el gobierno, poco a poco se fuera transformando en un festival de versos libres y surrealismo. Por ese motivo decidieron cancelar todas las lecturas de poesía durante el festival, para que ningún estudiante pudiera escuchar otro tipo de poesía. Se produjo la ansiedad de la influencia. Ese año, nos tocó a nosotros, un grupo de estudiantes quienes escribíamos diferente y les solicitamos un espacio: un espacio tan pequeño como un poema para leer, solo uno y nada más. Nos permitieron elegir un solo poema. De Arman que era un poeta y traductor de la poesía kurda al persa pedimos un poema; en lugar de nuestra poesía, elegimos un largo poema de Sherko Bikas traducido por él al persa. Sherko lo escribió después del masacre de Halabcha. Al comenzar la lectura de ese poema los poetas oficiales y gubernamentales abandonaban la sala. Decían: “él es comunista, tenemos que irnos”. Ese poema de Sherko era nuestro grito de silencio.

2

Tres años después de entrar a la universidad. Mi compañero de habitación, Ali, murió en un accidente, junto a otros seis amigos. El era de Kurdistana, un excelente matemático y tocaba el setar. Por primera vez tomé el autobús y fui a Kurdistana para estar con su familia. Mi madre tenía miedo. El sistema de propaganda de república islámica de Irán, había creado una imagen estereotipada y horrible de los kurdos. En la imaginación de las personas del norte de Irán, en los pueblos lejanos en los que las únicas imágenes del mundo llegaban por vía de la televisión o por radio, los kurdos tenían bigotes grandes, trajes antiguos y un cuchillo en la mano. Esperaban en las montañas y cortaban cabezas. Yo también tenía miedo de las montañas desconocidas de Kurdistana. Después de pasar la columna de Salavat-Abad, llegué a Sanandaj, y se abrieron las puertas de otro mundo: uno de gente amable, colores alegres y canciones del amor. Allá, en Kurdistana encontré una nueva familia, una nueva casa con mujeres que cantaban de memoria los poemas de Shirku Bikash. Allá, conocí otros relatos de la historia moderna de Irán. Me enteré de como Jomeini respondió a la generosidad y amabilidad de pueblo kurdo; como se crearon los héroes de la revolución por medio de los comandantes de la represión y como los pueblos fueron masacrados. Todos los kurdos cantan y su canto es la melodía de la resistencia. Una vez en Sanandaj, fui testigo de la masacre: testigo de las balas, de la herida y de la sangre. Eso ocurrió después de la manifestación contra el gobierno Turco, en solidaridad con Oyalan.

3

En Kurdistana de Irán, las canciones y los poemas provenían de diferentes países: a veces de Turquía, a veces de Iraq, de Siria o simplemente llegaban desde el exilio. Los orígenes de esas canciones marcaban el territorio de Kurdistana. Era un país cuyo cuerpo vivía fragmentado en muchos otros países. El hecho de que Kurdistana no exista como un solo país, lo hace transcender de los círculos apretados del nacionalismo y lo convierte en un sueño, una utopía: Una utopía hija de la nostalgia; la nostalgia de un tiempo lejano, un tiempo anterior al del Estado nación; anterior a las fronteras modernas. La poesía y la música kurdas, narran ese sueño. La nostalgia acompaña al objetivo de crear utopía. Quizá por esa razón, en este tiempo en el que las utopías han desaparecido, el pueblo kurdo sea el más utópico del mundo. Es la utopía que inventa la resistencia de Kubane. En una época en la que los intelectuales castrados, el neoliberalismo y la globalización, niegan la existencia del cuerpo en cualquier ámbito de resistencia y admiran a la gente domesticada que se alimenta de palabras vacías, mientras que el pueblo kurdo toma las armas y lucha contra uno de lo mas horribles fenómenos de la globalización: contra los zombis de ISIS. Este cuerpo no huye, baila hacia el peligro.  Sherko en un poema, tras la masacre de Halabcha que ordenó Saddam-Hussein, escribe una carta a dios. Dios nunca recibe la carta, porque en la oficina nadie entiende kurdo. Ese dios solo habla árabe. El idioma de dios siempre es el idioma de los padres, la autoridad y los vencedores. Así ha sido a lo largo de la historia. El kurdo es el lenguaje de las madres, el lenguaje de aquellas canciones nostálgicas.

4

La poesía kurdistana es muy poco conocida en castellano y probablemente esta sea la primera compilación. En la geografía de idioma kurdo viven muchos grandes poetas y este pequeño cuaderno quizá pueda servir de prólogo. Mis amigos kurdos, mi vida en Kurdistana de Irán y mi curiosidad me han brindado la suerte de conocer las bases del idioma kurdo. Sin embargo, he intentado elegir poemas que fueron traducidos con anterioridad al persa o al inglés. El que podamos brindar esta colección no habría sido posible sin la ayuda de amigos como Arman Asadi, Kambiz Karimi, Sufieh Essmat, Omid Forutan, Weria Hawari-Nasab y Omid Zamani. También agradezco a Mónica Maorenzic y su pasión, quien revisó cuidadosamente y corrigió todos mis errores en castellano. Espero que esta publicación sirva como preámbulo para que el castellano abra sus horizontes a la poesía kurdistana.

Mi amigo Arturo Loera y yo dedicamos estas traducciones a las mujeres de Kubane y a las llamas de su oposición contra el ISIS. ¡Viva la resistencia! ¡Viva Kurdistana!

Abismal, Antología

Abismal

 

La poesía del poeta iraní Mohsen Emadi, leída desde Occidente, produce una nostalgia entrañable: la de la creencia en la poesía y en la palabra poética, la puesta en un lugar exacto del arte de la palabra: un lugar fuera de duda. Occidente recuerda en cada crisis su perdida capacidad de afirmación. Filosófica o sociológicamente la razón occidental está en lo correcto. Pero en poesía, asumir ese legado de permanente estar en crisis es una realidad dura para el poeta. La poesía de Mohsen Emadi no trae precisamente “noticias de Irán”. No, al menos, en un sentido descriptivo, de un color vivo y verde de olivos verdes o de altas montañas donde el sueño de una patria que no está domina el palco en que la palabra transita en busca de un escucha/espectador. Aunque la vitalidad de esta poesía se produce desbordada por una confianza ciega en el poder de la imaginación -vuelvo a la imaginación- la huella del exilio le da un tono crítico. Sin embargo, la crítica no se manifiesta en la poesía de Emadi por la puesta en entredicho del nombrar poético. La crítica en la poesía de Emadi se hace presente en la ruptura de la linealidad discursiva que es permanentemente inter-rumpida por el sobresalto imaginario: una razón de cambio de escena, de montaje basado en la discontinuidad lleva al poema a mostrarse casi como mosaicos imaginarios, como instantáneas donde a la percepción del lector le pasa por delante el mundo con una sensación particular de vértigo. Esa ruptura de la linealidad no es la razón vuelta contra sí misma: es el poder de la imaginación. Hace mucho que no leía una poesía que se entregara a la imaginación como si la imaginación fuera el territorio más -o el único- seguro, ese que se hace emerger como iluminación que no pertenece a ninguna distancia, a ningún “allá” o anterioridad que, atraída al presente, fuera la lluvia que apagara el fuego del desamparo. Al contrario -aquí recuerdo a Bachelard- la poesía de Mohsen Emadi es muy cercana a una poética del fuego por su fuerza combustiva oscilante entre la llama y lo que muestra arder.

Una paradoja feliz constituye así la poesía de Emadi: el convertir a la imagen poética en un espacio físico, no imaginari, que la palabra poética en su materialidad configura como lugar posible. Se arma algo épico detrás de las bambalinas de Emadi, algo que toda épica trae a caballo: el pasaje de lo imposible a posible sin que lo imposible pierda su misterio particular. Por el contrario, convierte ese posible que es la realización de un lugar aquí y ahora en una especie de coexistencia de dos planos dialogantes donde lo imposible actúa como fuerza positiva: lo imposible como amenaza de felicidad. Y lo interesante, para mí, es que la imaginación no oficia como refugio o república de la evasión. Moshen Emadi construye una poesía donde la imaginación encarna en la palabra. Esto que acabo de afirmar es difícil de creer en Occidente donde después del siglo XIX la poesía vivió los avatares de su propia desencarnación. El intento de rescate del surrealismo en las primeras décadas del siglo XX pareció a los ojos debilitados de la afirmación una suerte de vaticinio sobre el triunfo aplastante de la razón instrumental al servicio de la técnica más que la creación de una alternativa veraz a una poesía realista. La conversión en dualidad de los “antagónicos” realidad e imaginación situaron a la poesía al margen de sus propias posibilidades imaginarias.

De ese ensamble entre lírica y épica que entrega el poema de Mohsen Emadi viene la convicción de que en poesía todavía es posible el trato con temas “fundantes” como el amor, la patria, la tierra originaria, la justicia, la rebeldía, la amistad, verosímilmente , sin que medie en el poema ninguna razón de olvido ni ninguna mitificación al uso de las grandes derrotas que, para sobrevivir en la memoria como triunfos, suelen echar mano del más bajo uso de la nostalgia. Emadi demuestra que es posible estar fuera del lugar original sin ceder un palmo a la añoranza porque, lo sabe bien, la poesía es la tríada origen-medio-fin que se realiza materialmente en el medio. Tal vez porque la poesía, como toda acción vital cumplida en el momento en que se hace, no busca más promesa que su presente. Su posible escucha corre por cuenta de ese otro que viene al poema en busca de lo mismo. Hay mucho que escuchar de la poesía de Emadi en la medida en que no se olvide que todo poema nos toca y que la poesía es una forma de oriente.

Eduardo Milán

El sueño de la insulina

 

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En octubre de 1995, en una de las calles de Isfahán, dos botellas de alcohol estaban cerca de la cabeza de un cadáver. Los periódicos dijeron que murió a causa de una sobredosis. Nadie en la ciudad lo creyó. El muerto era el principal traductor de Borges y Paz. Su escena de muerte parecía una parte de los libros que tradujo. ¿Una muerte mexicana o tal vez un asesinato? Quién sabe. Pero la conciencia subterránea lo sabía. Las investigaciones demostraron que había sido asesinado por una inyección de insulina en su mano derecha. Fue uno de los muchos asesinatos de escritores en ese tiempo. Una serie de asesinatos de escritores que firmaron una carta. Una carta sobre la censura dirigida al gobierno con un simple título: «¡Somos escritores!». El cuerpo de algunos escritores fue descubierto en los desiertos, en excelencia. Algunos fueron apuñalados en su casa. Incluso trataron de arrojar un autobús repleto de escritores iraníes a un valle, y así, matarlos juntos a todos. ¿Pero cuál era el peligro del traductor de Borges, Paz y Kundera? En México tampoco es extraño. Todos lo sabemos. Las palabras son peligrosas. No para el Pueblo, por supuesto, sino para el Estado.
Un Estado dictador, primero intenta corregir los diccionarios. Luego define una estética. Hitler lo hizo, Israel lo está haciendo. Estados Unidos, República Islámica de Irán. Todos están constantemente ocupados en cambiar los diccionarios. Así como en sustituir la palabra «exilio» por la palabra «fuga», o «resistencia» por «terrorismo» o «neocolonialismo» por «democracia distributiva». Sí, las palabras son peligrosas, por tanto, los poetas son peligrosos. ¿Pero no es mejor si digo que las palabras son peligrosas porque los poetas son peligrosos? Los poetas devuelven las palabras a su origen. Al momento en que las capitales y los símbolos se ausentan. En que el cuerpo palpa por primera vez: Con el asombro y la alegría de un niño. Para manifestar: «Soy escritor», simplemente, se manifiesta este acto radical: El acto del tacto y la visión. Cuando el cuerpo no es un medio de propaganda. Cuando el cuerpo no es simbolizado como capital para votar en elecciones amañadas. Y aquí me pregunto cuál es el precio de un escritor.
Tras el ataque de Gengis Kan, cuando en Nishapur matan incluso a los animales, un momento que es la edad del hierro en la garganta y en que hasta/ a los signos vienen/ las sombras torturadas , un soldado arresta a Farid ud-Din Attar, el poeta. Un caminante reconoce al anciano y pregunta al soldado si, con monedas de plata, puede comprarlo. El poeta dice: “Este no es mi precio”. Y el soldado sigue. Otro caminante pregunta al soldado si puede comprarlo con monedas de oro. Y el poeta dice: “Este no es mi precio”. Finalmente un campesino ve al poeta y al codicioso soldado. También él quiere pagar por el poeta, pero afirma que sólo tiene paja. El poeta dice: “Sí, este es mi precio”. Irritado el soldado mata al poeta y la leyenda cuenta que éste se pone la cabeza cortada sobre el cuerpo y recita su último poema: el poema de un hombre sin cabeza.
Aquí recuerdo a Vladimír Holan: «Lo poético no es poesía». Lo poético siempre está relacionado con la historia de la literatura. Pero la poesía siempre permanece nueva. Escapa de la historia, se queda con nosotros como Hafez o Shamlú. Donde Hafez mira la geografía, siempre ocupada por tiranos, y Shamlú ve la historia como un exilio de otro exilio. México o Irán? La república Islámica o la dictadura perfecta? Compartimos ruinas y Cuando no tenemos ningún precio, como Attar, cuando somos los materiales más baratos para la historia somos aquellos que pueden agitar la historia. Cuando se dice simplemente: «Soy escritor». Sí, «Somos escritores». La insulina es soñar un poema.

 

[Publicado en PEN Mexico]

ELEGÍA A MARCELO

MARCELO. UNA ELEGÍA

[Para Marcelo Reyes, 1960-2015]

1
¿Cómo se puede escribir sin fingir
como un actor que se reúne con su acto,
como un cuerpo que se reúne con su muerte?

¿Cómo se puede regresar a la misma bodega
en el sótano de tu casa,
entre las botellas de vino y los instrumentos rotos
y hombro a hombro, con otros fantasmas,
sentarnos en el sillón
y fijar la blanca cortina
de tus sueños?

¿Cómo se puede escuchar la música de tu rechazo,
tu rechazo a Buenos Aires,
cuando, al respirar,
bailas tango con la muerte?

¿Sobre ese hilo de viento
cuando hablas con la ausencia de tu madre
en el otro lado del océano,
cómo se puede, hombro a hombro,
con tu miedo
aliviar mi miedo?

 

2

 

Pero las lágrimas han de secarse,
las flores de la tumba se marchitarán;
tu bodega se encontrará abandonada
y tu cortina vacía.

Los perros de la casa
reconocen siempre tu olor,
pero ya no te esperan
detrás de la puerta.

En este lado del océano está lloviendo
y Buenos Aires no te recuerda,
pero yo no puedo
salir del recuerdo de tus brazos.
La lluvia aún me moja
pero a ti ya no te mojará.

Te quedas ardiendo
y tu calor
es toda la intensidad del exilio
-el doble tartamudeo de la existencia-
que tú vives sin cuerpo y sin lenguaje.
Y aún sin cuerpo y sin lenguaje
abrázame.

3

El corazón de tu destierro
late en mi cuerpo.
Tu rechazo es mi rechazo.
Nadie muere dos veces
y en todas las fotografías
un solo pronombre nos mira
-hombro a hombro,
borrachos y riendo.-
Un solo pronombre que recuerda
el calor de nuestras madres,
un pronombre que canta la nana
y nosotros, perdidos en la música,
intercambiamos nuestros corazones.
Tú eras mi lenguaje, Marcelo,
en las noches largas de alcohol y de recuerdos
cuando la palabra no circulaba en mi boca.
Traducías los sonetos de las distancias
con la amargura del mate, hasta la mirada y la sonrisa.
Mi corazón ya no palpita en tu cuerpo
y tu corazón me hace volar
por las alturas del abismo.

4

La roca que quebró tus huesos
era tu infancia.
Remontabas cada vez más alto
para caer más duro.
En la calles de San Juan
el viento sopla como siempre.
En los campos de Borja
ningún vino cambia su sabor.
El tiempo, en cada uno,
añade algo a la densidad de la ausencia
y la tierra entonces ya no pesa.

Desde la lejanía del lenguaje
miro tu bodega.
Los perros vienen y van,
tu olor está en todo el espacio,
en la nariz de la poesía
que mueve su cola, ladra,
se levanta a dos pies
y no te encuentra.

5

Toma tu guitarra en la uña del alcohol,
el alcohol en la copa de la pérdida,
la pérdida en los pasos de la infancia
y los pasos en la antigüedad del lenguaje.
Toma tu guitarra,
con cada melodía tu corazón
bombea sangre a mis órganos.

Remonto el viento
para caer con más fuerza
en tus brazos.

 

(Traducción de Mohsen Emadi y Arturo Loera.)

The City and the Writer: In Tehran with Mohsen Emadi

By Nathalie Handal

Image of The City and the Writer: In Tehran with Mohsen Emadi

If each city is like a game of chess, the day when I have learned the rules, I shall finally possess my empire, even if I shall never succeed in knowing all the cities it contains.

                                                                        —Italo Calvino, Invisible Cities

Can you describe the mood of Tehran as you feel/see it?

I can feel Tehran most of the time as a destructive intensity. I was eighteen years old when I arrived in Tehran. I spent most of my childhood in a village in northern Iran, surrounded by forests, wild beasts, and rice fields. In 2007, while still living in Iran, I went to Zaragoza, Spain, and spoke of Tehran as the hell of the Orient. I could not find any destiny in its development, streets, and spaces. That was my definition of hell: a place without destiny. Tehran was a hell. Ilhan Berk, the great Turkish poet, whom I knew, wrote: All the colors of poetry come from hell. Now, after going through other extremes, like life in Finland—a country of lakes, islands, snow, solitude, and melancholy—to my time in Prague—that unfaithful, beautiful woman—and then Mexico City—a metropolitan monster—I see Tehran in the lights of my nostalgia. Far, far away stands the city and my longing, my hatred, all in their ultimate intensity. I’m filled with sorrows and lost desires.

What is your most heartbreaking memory in this city?

I cannot name it. In a life of intensity we lose the sense of comparison. Was it the afternoon that we were forced to leave the University of Tehran during the student movement of 1999—lost in tear gas, the bitter taste of defeat, chaos, fear, and the dark streets? Or was it the day I came to the university dormitory and cried after touching every object, for my friends were dead? Seven friends, three of them my roommates, all dead in a car accident. The attack of their absence manifesting itself in every object. It was raining, their fathers were coming to collect these objects, the song playing, “The lovely spring has arrived and the heart is not in its place / Bahar-e delkash resid o del be ja nabashad”? Or was it the night that the most beloved poet of my country, Ahmad Shamlou, died? I could not bear to see his burial. Or was it the day I was left on the highway by the girl I loved? The fast current of the cars, the gray afternoon, the echo of my own voice telling her, You betrayed me, but I still love you. Or was it the night I was leaving Tehran? I got into a taxi, one hour after making love with my girlfriend. She was left behind like the city. At the airport, the images of the past two months flashed by me—after the Green Movement, the street fights, bullets, deaths, hopes, and despairs—as I gave my mother a last embrace while my sister cried. Yes, in such intensity we lose the sense of comparison. I suppose Tehran itself was the most heartbreaking memory I’ve had. That I still have.

What is the most extraordinary detail, one that goes unnoticed by most, of the city?

The way the city devours itself—the graves of the freedom fighters of the Constitutional Revolution, the ruins of abandoned houses replaced by a hospital. Such images can be found all over the Old City.

I’m fond of the villages within the city, like Evin, near that famous prison, and Darake, which still has the feel of old gardens and houses. And there is a coffeehouse in southern Tehran where all the lame-o extras, supernumerary actors from the cinema gather. You can see the traces of despair on the walls in their eyes. They wanted to be famous and here, in that coffeehouse, they’re left behind with their fantasy. They drink coffee then go behind their peddler stands selling junk in hopes someone will come by and hire for a television series. They used to teach me the history of Iranian cinema.

What writer(s) from here should we read?

Sadegh Hedayat, Ahmad Shamlou, Forough Farrokhzad and Ahmadreza Ahmadi. Hedayat and his two masterpieces, Boof-e Kour (The Blind Owl) and Toop-e Morvari, are must-reads (the latter never was translated). Shamlou, the most notable poet of the last century in Iran, a monument of love and commitment. He knew by heart the geometry of words. Farrokhzad—the sad, rebellious voice of woman. Ahmadi and his unfinished poem in Tehran—the empty spaces and melancholies of a dream he saw once. He keeps rewriting variations of the same vision in every poem.

Is there a place here you return to often?

Different apartments I had in different parts of Tehran, east to west, north to south. These days, I search for them on Google Maps and remain still as I imagine the new lives in them. Or at the house of A. Pashai, an Iranian thinker, where I regained my sense of having a family. Or on Vali-Asr Street, the street of my night strolls, full of trees and sidewalks; on Enghelab or Karim-khan streets, where all the libraries are, where I would meet my friends. Or at the coffeehouse near Haft-e Tir, Vanak, or Jomhouri, where my friends and I would meet, read poetry, share music and losses. I cannot count them all. They are all over me.

Is there an iconic literary place we should know?

I’m not sure. I know where masterpieces of modern Persian poetry were written, but these are no iconic images I could recount. I know where Forough Farrokhzad had her car accident and died cruelly young. I know her grave. Is that an iconic place? Perhaps the only place I can mention is the passion for books on Enghelab Street, in front of the University of Tehran. There you find library after library and people searching for books. A place of paradoxes. In the bazaar, whispers asking, Do you want a porn movie? while in the obscure corners, black-market vendors sell censored literary classics or forbidden books. It’s unforgettable.

Are their hidden cities within this city that have intrigued or seduced you?

Tehran was built as consequence of civil and foreign confrontations. It was a small village, near the ancient city of Rey. It’s a city made by politics and immigrations. So you see different cultures in the same city: Azaris, Armenians, Gilaks, Mazandaranians, Kurds, Baluchs, Arabs, and so forth. Tehran is collage of hidden cities. Evin Darake, a village inside Tehran, has always been fascinating to me. I still imagine a romantic life there with its shadows and lights.

Where does passion live here?

In Tehran, there is dark passion, or as Bachmann expresses, playing death on the strings of life. This is how passion manifests itself in Tehran. We were forced to have a double life. In private: alcohol, sex, dance, and speed. In public: hidden eroticism, lies, and eventually rebellion. To find your passion there, you have to first flirt with it in public, in the games of eyes, and then enter the dark river in private. Once there, you can swim in it without hesitation, as it’s pure danger and pleasure. You can find passion in Tehran everywhere. Love: every corner. Knife: on the borders. Death on the strings of life.

What is the title of one of your works about Tehran and what inspired it exactly?

Tehran exists in many of my poems. But I am not a poet of Tehran as Nezval was the poet of Prague. In 1988, Khomeini signed the death sentence for prisoners to be buried in Khavaran, the dwelling of the damned, a cemetery located in southeast Tehran, and at the same time he signed the famous fatwa against Salman Rushdie and ordered the execution of nearly five thousand political prisoners. It was his strategy of distracting the Western media. They were so busy with Rushdie, they overlooked the real issue, innocent people being killed inside Iran. In 2009, the government announced its plan to demolish the cemetery and build a highway. I had a lot of friends whose parents were buried in the cemetery. I wrote “The Poem” about the demolishing of the cemetery and exile seven months before I left Iran. I never imagined it would become so symbolic of my life—now in exile, lost, un-findable.

Inspired by Levi, outside Tehran does an outside exist?

Herbert wrote that he “will carry the City within himself / on the roads of exile / he will be the City.” I carry Tehran and many other cities within me. Calvino’s Marco Polo wrote: “Traveling you realize the differences are lost, each city takes to resembling all the cities.”

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